El vagabundo de la colonia
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Hola, soy una chica de 19 años que disfruta de su sexualidad. Soy delgada, baja de estatura, tengo el trasero normal y los pechos grandes. Si han leído mi relato anterior, sabrán lo que pasó con mi madre y mi padrastro, aparte de mis experiencias con su amigo, el señor del autobús, mi novio brasileño y con mi padre, aunque este no lo sabe, ja, ja, ja. A los quince años me fui a León con mi padre por motivos educativos. Mi madre, con un calentón de primera, lo engañó con mi padrastro y su compadre, así que no hablan mucho y yo me hice adicta al sexo y, sobre todo, a la adrenalina de lo prohibido.
Estaba a punto de entrar en el instituto, la verdad es que mi padre no me hacía mucho caso, trabajaba, llegaba a casa y volvía a salir; supongo que estar tanto tiempo solo le habrá acostumbrado. Así que no tenía mucho que hacer aquí, en León, y mi padre me pagó la mensualidad de un gimnasio cerca de su casa. Bueno, ahora también es mi casa.
Pasaba por una calle con algunas fábricas y solares, pues era la ruta más corta. Empecé a ir al gimnasio cerca de las 6 de la tarde. Siempre había mucha gente en el camino, pues era la hora de salida de las fábricas. Volvía a casa entre las 8 y las 9 de la tarde. Con el ejercicio y el chisme con una amiga que conocí se me iba el rato. Extrañaba el sexo, pero me iba acostumbrando a portarme bien, jijiji. Siempre andaba por ahí un señor de los 40, yo creo.
Era bajo de estatura y flaco, muy flaco. Vivía en uno de los lotes baldíos con dos perros. Tenía una casita improvisada de lámina y algunas cobijas. Cuando yo pasaba, siempre se veía que llegaba con un triciclo lleno de cartón y plástico. Y no podía faltar un garrafón de tequila barato. Yo siempre pasaba de licra, ya fuera maya larga o short corto, y con mis camisetas. Los primeros días me miraba y me excitaba, pero a la semana ya me decía «adiós linda», «buenas noches, guapa» o «noches, mamacita», que eran sus frases más comunes.
Me miraba con tanto morbo que me molestaba, pero al mismo tiempo me gustaba, porque siempre me ha gustado llamar la atención. Un día me alcanzó, me dijo «espera, mamacita, ten», y me agarró de la mano. Era un poco más bajo que yo, y eso que yo soy bajita. Estaba a punto de soltarle un puñetazo, como practicaba en el gimnasio, cuando vi que me daba mi móvil y le dije algo apenada: «Gracias». Olía mucho a alcohol y no disimulaba al mirarme las tetas. Solo dijo: «Gracias, las del chango». Admito que no había escuchado eso y me hizo reír.
Me siguió a mi casa y no dejó de hablar tonterías y mirarme el cuerpo todo el rato. A partir de ese día me saludaba y yo también le devolvía el saludo, a pesar de que me decía de todo; supuse que era así por lo que tomaba.
Cuando volvía de la escuela pasaba por ahí, pero no siempre estaba. Cada dos o tres días le llevaba dos tortas. Cuando no estaba, se las dejaba en una bolsa dentro de su casa. Ya, cuando regresaba del gimnasio por la noche, me daba las gracias, siempre echando taco de ojo o diciéndome cosas que ya ni me molestaban. A él le decían el Burras y así me dijo que le podía decir. Una noche venía del gimnasio con unos pantalones cortos de licra y mi top deportivo; traía la camiseta envuelta en el cuello, así que mis grandes tetas quedaban más libres. Llevaba un refresco que me había quedado de regalarle al burras. Pensé que estaría como siempre fuera del baldío, pero no lo veía; las hierbas no dejaban entrar la luz más adentro.
No pensaba cargarlo más hasta mi casa, pues era de tres litros. Así que entré y no vi el triciclo ni a él, estaba oscuro y solo estaban sus dos perros, el macho estaba montando a la perra. No sé por qué me dió por verlos.
Cuando no pasaron ni diez minutos, el burras me alumbra con su lámpara y luego a sus perros. Le dije: «Mira, te traía tu refresco», y me alumbró y pude ver cómo me recorría con su lámpara de mi short a mi top. La apagó y se acercó. Me dijo: «Gracias, chichoncita», y le contesté: «Tranquilo, nunca me habías dicho tanto». Me miró y me dijo: «Es que se te ven bien grandes», y me veía. Le contesté: «Bueno, deja, voy», pero me agarró de la mano y me dijo: «Estabas bien entretenida, verdad», señalando a los perros, que ya estaban bien pegados. «Solo te traía el refresco y ya los vi, pero ya me iba. Quise soltarme, pero tenía fuerzas a pesar de estar tan flaco.
Entonces se me acercó más, empezó a apretar mis tetas con su otra mano y a besarlas por encima del top, y yo intenté soltarme y le dije:
—No, burra, déjame, cabrón.
Pero me abraza con las dos manos, besa y muerde en silencio mis tetas. Era más bajito, pero su cara quedaba justo entre mis tetas. Quise gritar, pero en eso me besó a la fuerza. Olía a puro alcohol.
—Ya suéltame —le dije, y grité más fuerte, sin dejar de abrazarme. Con una mano me bajó el top y dejó mis tetas sueltas, y empezó a chuparlas de nuevo. Mientras, con la otra mano trataba de meterla bajo el short. Quise apretarle los labios para que me soltara, pero entonces sentí una verga muy larga y cabezona.
—Así, chichona, apriétala —me dijo.
—No, suéltame —le dije, pero ya no grité. Me estaba traicionando, mis ganas de sexo se desataron, empezó a meter un dedo en mi conchita que no pudo evitar mojarse y no dejaba de chupar mis tetas y llamarme «pinche chichona».
—Ya suéltame —le decía, pero ya sin ganas.
Entonces ya estaba bien prendida. Y le dije: «Cógeme, burra, dale caña, puta», y me agarró de las caderas con más fuerza, mientras me decía: «Ya sabía que eras puta, solo me excitaba más». Se soltó y se quitó el pantalón y la sudadera. Estaba muy flaco, por eso no podía creer semejante verga; a lo mejor por lo flaco se veía más grande. No sé, pero me bajé el short rápido y le dije: «Ya métemela, puta, pídeme que te coja». «Bueno, entonces ya voy», me di la vuelta y sentía cómo su verga pegaba en mis nalgas. «Tírate, pues, puta, para darte verga», me dijo.
Me puse en cuatro y sentía las piedras en mis rodillas, pero ya quería sentir eso dentro. Entonces, sentí que me la metió de golpe y me dio con las nalgas y me sacudió el pelo. «Goza, puta, goza», me decía.
Sabía que poca gente pasaba, pues ya habían salido todos de trabajar. Yo miraba hacia la calle y, cuando vi que mi padre pasaba caminando rumbo al gimnasio, me puse a llorar. Le dije: «Cállate, es mi papá», pero me tumbó sobre la hierba, toda acostada, y siguió penetrándome mientras me ahorcaba un poco. Nunca me habían hecho así y me gustaba, pero cuando pasó mi papá, que iba más lejos, le dije: «Ya, burro, deja me voy, si no mi papá te va a matar». Me dejó parar y me dio un beso otra vez, pero esta vez le respondí.
Me puse el short y me acomodé el top y la camisa, y me fui corriendo a la casa para que mi papá me viera ahí cuando llegara. Me metí rápido en la ducha y me fui al cuarto. Cuando llegó mi papá me dijo que había ido a buscarme, pero que ya me había ido hacía mucho; que primero había ido a acompañar a mi amiga, por eso hoy había ido a correr. Ese día me dormí pensando en la vergota del burras. Pensé que con mi papá se me calmaría la calentura, pero ya vi que no.
Al día siguiente fui a la escuela y, como no pasaba nadie, esperé a que se fuera todo el mundo y me metí en el solar. Quería más de ese vagabundo. Estaba acostado dentro de su casita, me metí y saqué a los perros. Sin decirle nada, le bajé el pantalón y comencé a chupársela. Pero estaba grabando un vídeo con mi móvil, quería ver cómo me cogía. Lo acomodé para que grabara bien y seguí chupando su verga ya dura. Solo agarraba mi cabeza. —Pinche chichona, qué rico me la chupas —me dijo hasta que me echo su leche en la boca. Me trague todo y con mi lengua lo limpiaba.
No llevaba ropa interior bajo la falda. Él aún estaba acostado y me senté sobre su cara. Me lamía y metía su lengua tan rico, hasta que me hizo terminar también. Se sentó y ya estaba duro de nuevo. Le di la espalda y le dije: —Metemela en el culo, papi. Así sentado, se acercó más a mí. Y empezó a penetrar mi apretado culo, era tan rico que yo solita empecé a moverme metiéndola y sacándola más. Entonces se volvió a acostar y yo me senté sobre su verga, mi culito quería más y más. Miraba mi celular como me grababa gozando.
—Pinche chichona, eres bien perrita —me decía.
Entonces me levantó, se puso de pie y subió mis piernas a sus hombros. Pensé que me cogería mi rajita, pero la metió en mi culito de nuevo. Para mi sorpresa, con una mano sobaba mi raja y empezó a meter tres dedos mientras mi culito seguía ensartado por su verga. Mi culito y mi raja querían más y más, hasta que sentí cómo terminó en mi culito. Se acuesta a mi lado, me levanta la blusa y abre mi braguita. Parecía un niño jugando con sus juguetes: besaba, chupaba, apretaba y mordía mis grandes tetas. Y yo solo veía y disfrutaba.
Fue mi primer hombre aquí en León, espero que les guste.
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