Ojitos Verdes (V)

Autor: analbo | 30-Nov

Grandes Relatos
Durante todo el sábado y hasta la media tarde de hoy domingo, día del cumpleaños de esa pequeña diosa del sexo “pequeña físicamente” han pasado por situaciones maravillosamente alocadas, en la estancia de los Rodrigo. Un mundo guiado por la infinita lujuria de una ninfa tremendamente ardiente, impetuosa y apasionada.

Feliz con sus nuevos pecados. Golosa, avariciosa del placer. No queda nadie sin probar los sugestivos y placenteros divertimentos, de la incestuosa chica, que todos saben cuál es su presente, pero nadie se atreve a predecir su futuro. La Lolita del siglo XXI, va manejando su destino minuto a minuto, hora a hora, día a día. No parece importarle “Quién”, sino “Cómo y ahora”. Su sicalíptica personalidad, bendecida por su belleza y simpatía, no despierta horrores, sino deseos de poseerla una y cien veces en el día. Su incontinencia sexual, su excitable y libertina presencia, provoca desenfrenos deshonestos y desvergonzados de amigos y desconocidos, hombres y mujeres.

La tarde de ese domingo, ya pasada la hora de la merienda y como Ojitos Verdes no aparecía por ningún lado, en la casa se preocuparon. Preguntaron y no hubo respuesta. Pero notaron la ausencia de Bonito, del corral y su inseparable ovejero Tormento. Don Anastasio, el viejo encargado de los campos, no dijo nada, por temor a recibir una reprimenda de parte del patrón si se enteraba que él, le ensilló el brioso corcel. Sigilosamente, se alejó caminando. Él conocía el camino de la muchachita. Ella le pedía que le cuidara el sitio y que de vez en cuando cortara los cardos y limpiara de ramas caídas y frutas tiradas por las fuertes tormentas de verano. El viernes había hecho todo ese trabajo, porque sabía que esa chiquilina iba a jugar y escuchar música, bajo las espesas sombras de los frutales y también limpió el bebedero y lo llenó de agua limpia, para que se refresque. Anastasio la mimaba mucho y ella abusaba de su bondad. El hombre, cortando camino, se internó en el monte hasta llegar al lugar. Unos metros antes de arribar, iluminando aun con fuerza la zona, por el sol, se detuvo ante las risas de la pequeña y los ladridos de Tormento que provenían del abrevadero. Se escuchaba chapotear el agua. Se acercó sigilosamente y a una distancia de una decena de metros, la observó, estaba totalmente desnuda bañándose, apoyada contra unos de los laterales de la gran tina. Cerró los ojos. No quería ver. La había visto nacer, ¡¡cómo iba a profanar con su mirada ese cuerpo virgen que se mostraba en plenitud tan inocentemente!! De pronto se hizo el silencio y escuchó la cálida vocecita de Ojitos Verde que gimiendo, entrecortadamente gritaba:

- ¡Asssiii... Tormentooo... asi... mássss, por favor, perrito mío.

Así fue, que se decidió el hombre, a abrir sus ojos y la vio cómo había tomado la cabeza de aquella bestia, de enorme lengua babosa que se metía y salía de la pequeña sexualidad de la pobrecita. Pensó que quería espantar al animal, pero comprobó asombrado, que lo apretaba con fuerzas contra sus entrepiernas poniendo los ojos en blancos. La inocente “para el anciano” gemía y gemía. El viejo pensó que la estaba devorando por dentro. Pero ese rostro angelical estaba tan abierto al placer que lo desconcertó al abuelo Anasta, como ella le decía. Jamás el hombre había visto algo semejante. Bajó del piletón la muchachita y Don Anasta comprobó la enorme verga del perro que trataba de montarla, pero también notó que la suya estaba tomando formas descomunales al ver ese cuerpito totalmente desnudo, esos senos grandes y virginales para el pobre hombre, que jamás habia pensado en ella como en una mujer, creyó enloquecer. Pensó que la niña corría peligro, cuando amago para ir en su ayuda, vio a Tormento, cómo empujándola la hizo trastabillar y caer de rodillas e inmediatamente la montó. Jamás había visto el hombre semejante espectáculo. De pronto, un grito de placer más que de dolor le llegó a sus oídos, que le hicieron desbraguetarse y sacar su miembro de grandes dimensiones, y gruesa, demasiado gruesa para no usarla, y entró a acariciarlo sostenidamente, sin sacar sus ojos de ese cuadro. Tormento la tenía ensartada por su vagina a la pequeña y había entrado a galopearla desenfrenadamente, ante los alaridos de placer y lujuria impetuosa y arrebatada, de Ojitos Verdes, que gozaba como una hembra golfa de nacimiento. Le causó extrañeza al calentón encargado, escuchar un relincho de Bonito y detenerse ante ambos y rascar el pasto con sus patas delanteras, al tiempo que olfateaba el sexo de la incansable hembrita, ante la amenaza de Tormento que mostraba sus dientes al caballo.

La pequeña extendió su brazo izquierdo y allí, don Anastasio, mientras eyaculaba con furia, presenció como esa mujercita viciosa de todo sexo, le tomó con su mano, la enorme verga de Bonito que la golpeaba contra sus berijas y lo comenzó a masturbar. De pronto, Tormento, llenó la cavidad oscura y ardiente de la mujercita, que gritaba el enorme deleite que le producía la formidable cantidad de semen con que su bello animal golpeaba su útero. Terminaron rendidos, ella quiso ir hacia el enorme trozo de Bonito, pero no pudo porque quedó abotonado con Tormento. El hermoso equino azabache, se acercó más, para olfatear con sus enormes fosas nasales sobre el hedor que seguía vomitando el enlace de Tormento con la niña. Ojitos Verdes, su fervor uterino, la enorme satisfacción que le producía aquella situación de sentirse inundada vaginalmente, con el hirviente líquido seminal de su amante canino y la larga verga que el animal no podía retirar de su cuerpo, volvió a convulsionarse minutos después, cuando el resto del semen del enorme bulto del perro, se terminaba vaciando en su interior. Con los ojos entrecerrados por la deliciosa complacencia de todo aquello, vio a don Anastasio. Con una mirada lasciva, cargada de placer, le estiró su mano pidiendo ayuda. El antiguo encargado entendió el llamado y se acercó, tratando de no asustar a Tormento, por miedo a que terminara lastimándola. Anastasio vio como Tormento lo reconoció y moviendo la cola se alejo un par de metro, dedicándose a lamer su sexo, limpiándolo.

El hombre apurado para sacarla de esa situación a la traviesa muchachita, la alzó en sus brazos y la colocó en el agua del bebedero acercándole un jabón para que se higienizara, sin decir una palabra. Trajo un toallón que encontró en la mochila de la muchacha y lo extendió pudorosamente entre la niña y él, para que ella hiciera lo suyo. Belicosa y provocadora, con desvergonzada voluptuosidad, la pequeña pollita, gozó de un reparador baño de inmersión, reponiéndose rápidamente como si existiera solamente ella y las plantas. Se puso de pie, le tocó el hombro al pobre Anastasio que hacía de biombo, con sus brazos acalambrados, éste, cerrando los ojos, giró, ante la descarada risita de la hija del patrón, la inocente mujercita que él vio nacer:

- ¡Eh, cheee, Abu, ¿Que te pasa, Anasta?.

El hombre con los ojos cerrados la envolvió con el toallón y se alejó.

- ¡Anastasio! - gritó la pequeña - ¡No me vas a dejar aquí! ¡Llévame hasta la colchoneta y ayúdame a cambiar la ropa!.

Ella se tiró a los brazos del encargado, que la tomó como si fuera una pluma, envuelta en toalla y ella se prendió de su cuello.

- ¿Qué te pasa, abuelito? ¿Tienes vergüenza de mirarme?.

Dejó caer la toalla que le cubría la exquisitez de sus exacerbadas tetas, cuyos pezones se veían erectos y duros, morados e hirviendo tal vez. Con sus manos ocupadas, el encargado no pudo cubrirla e intentó girar su cabeza para no mirar y fue entonces cuando ella, desvergonzadamente le dijo:

- ¡Vamos, viejito lindo, ¿Te crees que no te vi masturbarte detrás del árbol?.

Y con sus dos pies tocó la verga del pobre hombre, diciéndole obscenidades en sus oídos:

- ¡Uuuyyy!... Abu, qué hambre tienes... Te gusto, ¿No?.

Apretó con sus pies el falo que había crecido enormemente y entró a masajéaselo. Mientras, lo tomó de la cabeza con ambas manos y lo obligó a meter su boca sobre sus senos apretando contra ellos. El hombre intentó huir, la dejó sobre la colchoneta y comenzó a ensillar a Bonito. La maligna ninfómana, le hizo una sugestiva pregunta:

- ¿Que pasaría, Abuelo Anastasio, si le digo a papito, que viniste y me violaste?.

Él giró su cabeza y la miró, no sabía si descargar su bronca con una paliza o gozarla verdaderamente;

- Detrás de aquel árbol, encontraran restos de tu semen. Te gustó ver todo eso, ¿No?. ¿Por qué me escapas ahora?. Si no quieres que hable, acércate y ayúdame a poner mis braguitas.

El viejo, vencido, con la cabeza gacha, una vez que terminó de ensillar al caballo, se dirigió hacia donde la pecaminosa y mórbida muchachita, estaba recostada, totalmente descubierta del toallón, con sus piernas abiertas, dejando a la vista como una rosa encarnada sus inflamados labios vaginales. El hombre se detuvo a sus pies, Ojitos verdes le ordenó:

- ¡Busca en la mochila una bombachita roja, chiquitita y colócamela!.

Anastasio así lo hizo. Buscó y la encontró. Se detuvo unos segundos a mirarla. La podía extender entre los dedos de su mano derecha. La vocecita de Ojitos Verdes, con tono ardiente y desafiante le dijo suave, sensual, conmoviendo interiormente al hombre que había en ese sesentón.

- Te gustaría sentirle el olor a mi conchita, ¿No?... anímate Abu, bésala también, métela en la boca, así, eso es, calentarme, abuelito, mójala bien con tu saliva. ¡Eso abu siii... aaayyy... ahora frótala con tu enorme verga. Sé que la tienes grande. ¡Vamos, anímate viejito lindo!. Hazlo Abuelo, que estoy acabando como una loca, saca tu verga y pajeate sobre mis braguitas.

El hombre inmutable. No se atrevió a pronunciar palabras. Se acercó y le estiró la mano entregándole el pequeño trapo rojo totalmente mojado con su saliva, que iba a tapar sus partes vergonzosas. Ella, viciosa y perversamente, con un ardiente tono de maldad, le dijo:

- ¡No, no, no!. Colócala, mi buen Anasta, no vas a negarme eso a mí tu bebita. ¡Tu chiquita, como siempre me decís!. ¡Agáchate, Abu!.

Fue perversa, lo hizo con malicia, mientras reía, ya estaba gozando el placer al mirar el rostro de ese hombre que llevaba sufriendo los momentos más difíciles de su vida, y se agachó. Tomó una pierna, la alzó, le colocó una manga de la braguita, luego le alzó la otra, he hizo lo mismo. Cuando iba a ponerse de pié, ella le ordenó:

- ¡No, mi buen Anasta, toda... la quiero toda adentro.

Levantó su pelvis arqueando su columna, y él, obediente debió acercar demasiado su cara a esa grieta de la que brotaba flujo, cuyos vahos lo invadían. Se detuvo. Quedó hipnotizado con la punta de su nariz ya sobre esa conchita que lo desafiaba a muerte. Ojitos Verdes, con desesperación, lo tomó del abundante cabello que aún tenía de ese viejo hombre de campo y lo topó con su sexo. Anastasio se olvidó de todo ante el aroma vaginal de esa pequeña diosa y comenzó a saborearlo con furia. Succionaba. Chupaba con ardor, su lengua grande, gruesa, tosca y áspera comenzó a entrar y salir del interior de esa maravillosa cuevita que se removía en su interior arrastrando todos los jugos hacia el exterior, como la aleta de un ventilador, gustando “eso” tan joven que nunca había tenido la suerte probar. La excitación lo sobrepasó de tal manera ante los gritos de placer de Ojitos verdes que le suplicaba que le metiera la verga y que no se preocupara, que no iba a quedar embarazada.

El viejo Anastasio Goitia, vasco de nacimiento, considerando perdida la batalla. Pensando que de alguna forma el patrón se iba a enterar de todo y seguramente le iba a reventar la cabeza de un escopetazo. Pensó en él. En ese momento. En su placer. En que jamás iba a tener una oportunidad igual y que morir por morir, prefería caer en plena beligerancia, luchando por una hora de gloria, y así lo hizo. Decididamente se quitó los pantalones y sacudió semejante falo dos o tres veces ante un gritito de la insatisfecha mujercita. Él pensó que gritaba aterrorizada por tamaña verga, pero comprobó que lo hizo de alegría, pues abrió bien grande la vagina con sus dos manos, ampliando las posibilidades del abuelo que se mantenía casi casto desde hacía más de un año. El hombre primero quiso comenzar por una abertura más pequeña y fue hasta la boquita de esa muñequita que lo miraba con sus grandes ojos verdes cómo se acercaba el arma mortal. La colocó sobre sus labios. La mimosa del abuelito, le gritó:

- ¡Abu! es muy grande para mi boquita... pero...

No terminó de expresarse, cuando el anciano encargado, con furia se la introdujo sin misericordia hasta la garganta y la entró a cabalgar ahí arriba, apretando su cabeza contra sus testículos, de los que se fue apoderando la viciosa y entusiasta muchachita, que succionaba semejante miembro con sus pubescentes y libidinosos pensamientos, hasta que el grito partió de Don Anasta. Fue como un alarido de victoria. Estaba tan enceguecido de delicia que no advirtió que Ojitos Verdes se había atorado de tal manera con tanto esperma, que pareció asfixiarse. Recién cuando la aún endurecida poronga de aquel hombre desesperado, pensando que después de esto ¡Qué le importaba morir!. La retiró de la boca ardiente de la niña de 18 añitos y sin mirarla a los ojos, la dio vuelta casi con brutalidad. La puso en cuatro, lengüeteó el ano, que se abrió de inmediato a sus dos gruesos dedos mojados con los jugos de vagina. Apuntó su pedazo, corriendo el prepucio hacia atrás y comenzó a penetrarlo. Vio fácil el camino, y de un empujón, sin controlar, sin compasión, fue hasta el fondo y en cuatro galopeada, ante los gritos de complacencias de la fogosa hembrita, volvió a eyacular, aún más cantidad que en las fauces de la pequeña. Sintió contorsionarse el cuerpito de esa virgencita “para él” y la gozó más. Siguió cabalgándola rítmicamente acompañando los movimientos de la inocente y cuando volvió a llenar sus intestinos con fuertes chorros hirviendo de semen, comprendió y entendió que su cuerpo le decía que recién había comenzado todo. Se recostó al lado de la niña de espaldas, con la verga dura y elegante, erguida, erizada dispuesta para enfrentar la lucha. La fierecilla indomable, al verla así, se sentó, la tomó con sus dos manitos y le dijo:

- ¡Abu!... ¡Qué hermoso quedazo que tienes Abuelito, ¿Te gustó? ¿Quieres más?.

Se prendió de ese miembro que resbalaba entre sus dedos y lo comenzó a lamer. El viejo comenzó a viborear en el piso, jamás tanto placer junto. Pensó en su muerte y la tomó, a la atrevidita mujercita, casi con rabia y la sentó sobre su verga. Ésta se introdujo hasta los testículos en esa conchita que estaba deseando desde hacía tantos años. Ahora sentía cómo esa pequeña vagabunda del sexo, con maestría de golfa, mordía deliciosamente en las profundidades de su órgano genital su enardecida verga. Mientras Ojitos verdes con cada movimiento gritaba un orgasmo, pasaron por la mente del viejo encargado de la estancia, situaciones como cuando jugando la mocosa, venía corriendo para que la socorriera porque mamá la buscaba para darle su merecido por algo que había hecho y él le servía de escudo y la precoz con sus dos manitos se prendía de su verga jugando y hasta hubo oportunidad en que le pidió le mostrara lo que tenía allí. Recordó que comenzó a desear a la niña, cuando una tarde, la encontró con las piernas abiertas, en el granero y el ganso Pepe, con su pico y media cabeza introducida en su vagina. Recordó cómo entonces la Karinita gozaba al ave, y luego de revolear sus ojos de placer, lo apretaba cada vez para metérselo más adentro de su concha, hasta que Pepe escapaba medio asfixiado gritando por el patio y la madre la llamaba diciéndole: “Karinita, ¿Qué le has hecho al ganso?”... y recordaba cómo después de escapar Pepe, se metía sus deditos masajeándose la vulvita y se convulsionaba hasta quedar rendida. Todos esos recuerdos, volvieron a acelerar eyaculaciones dentro de la insaciable, que lo acompañaba con repetidos y múltiples orgasmos gritados con alaridos de placer. Esa precoz, esa mujercita que por fin lo hacía gozar, estaba firmando su sentencia de muerte. Con solo pensar eso, Anastasio que había rejuvenecido 30 años, regalo de una virgen sin himen, siguió montado en el caballo mefistofélico, endemoniado, diabólico e infernal de esa maravillosa golfa reina exacerbada, instigadora y endiablada inspiradora de los mejores polvos de su perra vida.

Ya caía el sol, cuando Ojitos Verdes, vencida, casi sin voz le dijo al oído del anciano:

- ¡Abu... no puedo más! Fuiste lo mejor que me pasó por encima. ¡Por favor, una vez más, pero en la boca, Abu!. ¡En la boca, por favor que tengo sed!.

Anastasio comprobó que el solo sonido de esa vocecita fue necesario, para que su morada verga se sintiera estimulada poniéndose dura. Ella la tomó, haciendo un 69 con su víctima, y comenzó a mamarla, pero todo su sexo lo apoyó sobre el rostro casi sin arruga de don Anasta que arremetió como si recién empezara la faena. En pocos minutos, dejó saciada la sed de ese delicioso verdugo que le tocara en las postrimerías de sus días. Momentos después, Anastasio bañaba a la pequeña en la tina, sin toalla adelante. La enjabonaba con sus manos y ella lo enjabonaba a él. El refrescante e improvisado manantial los volvió a los dos a la realidad. Pero la verga de Anasta, volvió a tomar forma ante la enjabonada maliciosa de la pequeña ninfomaníaca, quien se arrodillo en la tina y le dio una última mamada al hombre que comenzó a amar entrañable y pecaminosamente a partir de ese día.

Momentos más tarde, los dos, montado en Bonito retornaban camino al hogar. Al viejo pareció no importarle. A la niña tampoco, El camino se hizo largo, porque Bonito tampoco tenía apuro e iba al tranco corto como lo que era, un caballo, pero cansado. Ojitos Verdes, sentada atrás, tomada de la cintura del anciano, lo apretaba con fuerza. De pronto la pícara y aun exacerbada doncella, cargada de maldad, le comenzó a acariciar la verga por arriba de los pantalones, la que como obedeciendo a un mandato, se enervó, como una víbora cobra con descomunal cabezota, dispuesta a dar el picotazo. Anastasio sacó esa mano atrevida una, dos veces, pero ya a la tercera la apretó con fuerza contra su inflamado pingo, lo que enardeció a la niña que entró a desabraguetar la jaula de su juguete, saltando éste fuera de esa celda. Ojitos Verdes con sabia maestría comenzó a masturbarlo con una imperceptible suavidad, que enloqueció al viejo macho cuando lo hizo acabar de tal forma que el semen saltó sobre la trompa de Bonito, quien al olfatear el vaho del sexo, se levantó en sus patas traseras dando un formidable relincho y comenzó a correr como enloquecido. Anastasio intentaba detenerlo sin lograrlo, mientras la niña seguía y seguía masturbando esa verga encabritada también, que endurecida como una barra de hierro estaba como recién iniciada. El bueno de don Anasta, no podía con ambas cosas y la bruta bestia continuaba su loca carrera. La impetuosa, ardiente y bella fuente del deseo seguía riendo a carcajadas y pajeándolo alocadamente.

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