La Amiga sexy y puta de mi mujer
La visita ansiosamente esperada llama a la puerta, adrede después del tercer timbrazo les abro aparentando serenidad, no sé si logro convencerlas, pero allí están, Deborah despampanante y radiante como siempre, de tacos, con una corta falda blanca y una blusa roja, con el tercer botón de esta luchando por persistir en el ojal, Meli delgada de bonitos senos y no menos atractiva que mi mujer, también de falda pero negra y una blusa no tan ceñida al cuerpo pero que lamen sus proporcionadas y bonitas tetas. Me llaman la atención: sus ojos, tienen un brillo especial, que implican sumisión, pero al mismo tiempo determinación y calentura sexual. Teatralmente me acerco a ellas y una por una les tomo de las manos y mirándola a los ojos, con labios húmedos, les beso el dorso, luego hago un recorrido libidinoso de sus cuerpos desvistiéndolos. Ellas ríen complacidas ante mi teatralidad.
Entramos al apartamento, las hago sentar en el sofá forrado en negro de la sala, el contraste de las dos hembras con sus vestidos y cuerpos en aquel fondo es de un agradable contraste visual, Meli se nota nerviosa, mi mujer también aun que menos, debo hacerlas entrar en confianza y asegurar mi objetivo, más bien nuestro objetivo, el mío y el de mi mujer. Les sirvo raudo unas copas de vino con el líquido ocupando la mitad de copas medianas, ? Brindemos ? dice Deborah, -Por nosotros- digo, y ellas asienten y corean: -Por nosotros-. La mirada de Deborah es un poema, me dice con ella: está aquí, es nuestra, cojámosla, tenemos un trío, yujuuu ?.., al menos así lo interpretó.
Dos meses atrás, Deborah me había comentado que en una de sus reuniones femeninas, condimentadas con alcohol, Meli se había acercado a ella, y le había estampado un soberano beso, diciéndole que la quería, Deborah, aun que sorprendida, respondió a la caricia, luego me confesó, mientras hacíamos el amor, lo que había sentido en ese momento, ella abierta y aventurera, me dijo que no le había disgustado, que fue vibrante sentir la caricia de otra mujer. Ella y yo somos muy fecundos con nuestras fantasías, una de ellas es esa, hacer el amor con otra mujer. Le dije que favoreciera el acercamiento, y así lo hizo. Aunque a Meli le sobrevino un tiempo de arrepentimiento después de aquel beso, pero de nuevo en una de sus reuniones Deborah tuvo la excelente idea de mostrarle uno de mis mensajes eróticos-porno donde le señalaba la posibilidad que ella nos acompañara en un tres. Pasaron dos semanas sin que se concretara nada. Sin embargo, Deborah insistió, diciéndole que lo hiciéramos y que si ella así lo deseaba yo no la tocaría, que no la obligaríamos en ningún momento a hacer lo que no quisiera, y así allí estaba ella nerviosa, pero estaba.
Mientras el tiempo transcurría la tensión disminuía, ella se había acercado a Deborah en el sofá y ahora mientras hablaba y gesticulaba rozaba con su mano izquierda las desnudas piernas de Deborah, yo frente a ellas tan solo con la continua caricia de aquella mano a mi mujer, era motivo de excitación.
Con la excusa de ir en busca de más vino, decidí ponerme de pie, y deliberadamente me detuve frente a ellas y les ofrecí la mercancía que estaba a punto de reventar, al notar el evidente promontorio, Deborah reaccionó con un -Guaooo-, mientras que Meli rió nerviosa, pero sin dejar de ver el bulto me acerque aun mas a mi mujer y ella comenzó a acariciarlo, mirando insistentemente el rostro de Meli, esta con estudiada lentitud y como por descuido, caminó con sus dedos las piernas de Deborah para luego hundirlos entre ellas y acercó su boca a la de mi mujer, para susurrarle apenas audible: -que caliente y húmeda estas, amor-. Sus bocas se encontraron en un sutil y húmedo beso, teniendo después como protagonistas sus lenguas que hurgaban . Aun así, sus manos no dejaban de acariciar, la de Deborah a mi parado miembro aun vestido, la de Meli debajo de su falda. Ella, como demostración de rendición a la caricia que le proveía, se separó de aquella boca, echó su cabeza hacia atrás, se despojó de su corta falda y panti al mismo tiempo, y adelantó mas sus caderas colocándolas casi al borde del sofá. La pareja me brindó un espectáculo único y extremadamente erótico, mi mujer movía sus caderas ajustándose al movimiento del dedo medio de Meli, este iba del visiblemente erguido botón hasta el interior de aquella vagina, algunas veces eran dos los dedos que la penetraban. Deborah, de ojos cerrados, se regodeaba ante la caricia mientras movía cadenciosamente sus caderas, sus manos se retuvieron el antebrazo de Meli para que la penetración fuese aun más profunda. Sabía que gozaba y mucho, pues mi mujer es una clitoriana insigne y Meli parecía saber hacer lo que hacía. Imposible de contenerme bajé la cremallera de mi pantalón liberando mi gruesa barra en ofrenda, esta apareció, precediéndola el rojo y lubricado glande hinchado, la descorrí totalmente desnudándola del capuchón, se la ofrecí a Meli, quien transpiraba abundantemente, diciéndole simplemente: ? ¿la quieres?-, ella no respondió, pero sus ojos velados de erotismo lo decían todo, abrió su boca y se introdujo solo mi cabeza, chupando y sorbiendo mi líquido preseminal, aun cuando la sensación fue deliciosa, me aleje de ellas deleitándome ante la erótica escena y comencé a masturbarme.
Con suavidad, sin movimientos bruscos acosté a mi mujer en el amplio sofá, mirando hacia arriba, y encima de ella, invertida, apoyándose con sus manos y rodillas, el sudoroso cuerpo de Meli, de tal forma que ambas tenían frente así sus jugosos coños. Al tocar a Meli, para posicionarla, advertí lo ?afiebrada? que estaba, de allí su excesiva sudoración. Un deseo único se apoderó de mi y, comenzando por sus piernas y nalgas, lamí probando, tomando de su sudor. Desde el extremo inferior de sus muslos subía hasta sus caderas, pasando por sus nalgas luego su espalda, arrastrando con mi lengua el excitante y salado liquido. A cada caricia, Meli respondía con un ?haaaaa? y con un arqueado de su cintura parando más su bonito trasero. Fui a la hendidura de sus nalgas y luego bajé, para mezclar sudor con el abundante néctar de su fruta divina y totalmente rapada. Al fondo pude ver el rostro de mi mujer, que sin duda se encontraba en el séptimo cielo del placer pues gozaba de las lamidas que le prodigaban.
Situé mi rostro frente al magnífico culo y separé sus nalgas admirando la magnífica fruta, sus gruesos labios inflamados de pasión destilando néctar, la abertura anal y vaginal eran una provocación, mi lengua llegó hasta el erguido clítoris, y la arrastré a lo largo de toda aquella hendidura hasta detenerme en el apretado orificio anal, sin ningún tipo de escrúpulos traté de penetrarlo, ella respondió con un largo gemido mientras reculaba su trasero hasta mi y no sé cómo, hechó los brazos hacia atrás alcanzando a retener mi rostro entre sus nalgas. Sentí a mi mujer que desde abajo atacaba su bañado clítoris, así me fue comprensible el placer que experimentaba Meli. Me separé de aquel caliente trasero, metí mi dedo medio en la supurante vagina, y luego suavemente lo introduje en su ano, pasó suavemente ayudado por aquellos fluidos, fueron ahora dos los dedos que ocuparon su orificio, la estaba preparando para una enculada. Le dije a Deborah ? sigue chupando, no abandones su coño ? y sin sacar, mis dedos índice y medio, me coloque lateral a Meli. No hubo necesidad de señalarle ni dar ninguna indicación, rauda se tragó mi barra dura y empinada. Lo caliente de su boca y la manera como lamia y chupaba la magnífica flaca era única, para probarla, sin aun sacar mis dedos de su culo, la retuve desde atrás de la cabeza halándola por el pelo, haciendo que mi barra atravesara su garganta, ella trató de zafarse ante el ahogo, pero yo no se lo permitía, así que con la garganta ocupada, abrió más la boca, acostumbrándose a respirar solo por la nariz y a controlar las naturales arcadas que le provocaba.
-Ensalívalo bien- le dije, me puse de nuevo detrás de ella, le lleve las manos hasta sus nalgas, para que ella misma se las separara, y allí estaban las dos aberturas y la lengua de Deborah azotando aquel clítoris. Las manos de Meli separando sus nalgas antes de la acometida, hacían lucir aquel espectáculo eróticamente único. La presión de mis dedos en la abertura anal había funcionado, sus músculos se notaban ligeramente distendidos, la penetración fue certera y rápida, así lo quise. Al sentir mi verga, sus manos fueron a su boca para ahogar un grito mezcla de dolor, placer, morbo, que de no ser así habría despertado a todos los vecinos del edificio. Yo la retuve largamente sin moverme y sin dejar que ella lo hiciera por un minutó, luego suavemente comencé a bombearla reteniéndola por las caderas, y permitiendo que mi mujer siguiera comiéndole el clítoris. Ella siguió mi ritmo, pero iba paulatinamente acelerando el movimiento hasta tornarse intenso, desbocado, mientras en letanía decia: -sigue, sigue, échame, no pares, sigueee- para terminar en un ruidoso orgasmo quedando exhausta sobre el cuerpo de Deborah, mientras yo rociaba su violado trasero y el rostro de Deborah con abundante esperma.
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