Una bonita e inolvidable Primera Vez

Autor: Nochedeestrellas | 27-Feb

Heterosexuales
Siempre se dice que la primera vez es mala, que apenas se disfruta. Obviamente, no estaban enamorados hasta las trancas, como lo estábamos nosotros.

Julia tenia diecisiete años, y era preciosa. Su pelo, largo, era de un tono naranja mas vivaz que el fuego, y me gustaba cuando se lo dejaba suelto y le flotaba sobre los hombros. Tenia una cara preciosa, con una pecosa nariz que arrugaba al reírse, y unos ojos grises que me tenían hipnotizado. En ellos se reflejaban todas las tormentas del mundo, en un torbellino interminable.

Y su sonrisa, su preciosa sonrisa. Cuando aquellos labios rojos, que siempre me recordaron a un par de brillantes cerezas, se curvaban hacia arriba, Julia me fascinaba.

Era fresca, divertida, se tapaba la boca al reír y subía los escalones de puntillas. Caminaba como una bailarina, grácil y ligera sobre sus largas piernas delgadas, y sus hombros eran suaves y delicados. Me gustaba cuando nevaba y los copos de nieve se enganchaban en sus tupidas pestañas, y me gustaba cuando se mordía el labio inferior.

Julia fue la primera chica de la que me enamore, y, por alguna razón que aun no acierto a comprender, ella también se enamoro de mi.

Recuerdo la noche en la que descubrí otra faceta de Julia, la faceta que terminó de volverme loco por ella.
Estábamos en su cuarto. Yo había olvidado mi uniforme, los trenes, la tierra en mis zapatos y todo lo que tenía que ver con la guerra. Siempre me pasaba cuando estaba con ella.
Afuera, llovía, y Julia estaba entre mis brazos, como tantas veces antes.
Pero esta vez, era distinta. Esta vez, era mas apasionada.
De pie, contra mi, la chica posó sus manos suaves sobre mis hombros, su nariz rozando la mía. Estaba de puntillas sobre sus pies descalzos, y yo, ligeramente inclinado.
-Julia...- susurré al tiempo que bajaba la barbilla, con los ojos cerrados, buscando sus labios. Ella se rió, apartando la cara y besando mi mandíbula , provocándome un pequeño escalofrío. Gruñí, divertido, y la atraje hacia a mi. Mis manos parecían inmensas alrededor de su pequeña cintura, de modo que no me costó nada pegar su cuerpo al mío.
Los labios de Julia encontaron los mios, por fin, y me apresuré a devorarlos. Cálidos y suaves, me daban ganas de morderlos, de que fuesen míos para siempre. Se movían, rápidos, sobre los míos, abiertos. Deslicé mi lengua hambrienta dentro de su boca, con los ojos cerrados. Exploré cada rincón de su boca mientras ella se dejaba hacer, apoyada contra mi. Sus manos suaves acariciaban la parte trasera de mi cuello, poniendo de punta los pelos de mi nuca. La besé con avidez, como si no hubiera mañana, y ella no cesaba de soltar suspiros.
Me faltaba la respiración. En dos zancadas, crucé la habitación de suelos de madera, empujando a Julia contra la pared. Parte de mi era consciente de la situación, pero la otra parte actuaba como por instinto, dejándose llevar por los sentidos.
Ella enrolló sus dedos en mi pelo, 'Me gusta tu pelo así, que no te lo corten...', y jugueteó con mi labio inferior entre sus dientes. Yo la empujé aún mas contra la pared, si se podía, y, mientras devoraba sus labios, me aferraba a la tela fina de su vestido, a la altura de sus estrechas caderas.
La chica, jadeando, deslizó sus manos hacia abajo para apoyarlas contra mi pecho, cubierto por una camiseta de algodón que me había puesto demasiadas veces. Nuestras respiraciones, al compás, iban cada vez mas deprisa. Despacio, Julia metió sus cálidas y suaves manos por dentro de mi camiseta, acariciando mi abdomen. Fue como si cada una de mis terminaciones nerviosas se activase en ese instante, en el instante que tocó mi piel. Presioné mis labios contra los suyos con aún mas fuerza que antes, mordiéndolos suavemente, a la vez que bajaba mis manos para posarlas alrededor de su redondo, firme y pequeño trasero, agarrando sus finas nalgas a través del vestido. Julia soltó un pequeño gemido, y temí haberle hecho daño, pero enseguida comprendí que no: la manos de ella subían hasta mis pectorales, acariciándome suave y sensualmente.
Bajé mis labios hasta su barbilla, rozando su piel marfileña mientras los deslizaba hasta su cuello, plantando pequeños besos por el camino. Ella estiró el cuello, sin duda ofreciéndome mas espacio, y yo besé un punto de su cuello, chupándolo suavemente. Un gemido apenas audible escapó entre los labios de Julia, algo que no hizo mas que encenderme terriblemente. Agarré su culo con más fuerza aún que antes, atrayéndola hacia a mi.
Ella, a su vez, movía sus manos con agilidad bajo mi camiseta, hasta que se aferraron al borde, levantándola con avidez. Dejé de besar su cuello por un momento, para despojarme de mi camiseta, mientras que Julia me ayudaba. En un segundo, la camiseta estaba en el suelo, y mis labios sobre su piel.
Una de mis manos jugueteó con el tirante de su vestido, y ella, con los ojos aún cerrados, posó su mano pequeña sobre la mía, deslizándolo sobre su hombro y para abajo.
Repetimos la operación con el otro tirante, y su vestido cayó al suelo en un susurro de tela.
Abrí los ojos, con los labios entreabiertos y la respiración cortada, a la vez que Julia me guiaba hacia su cama, mordiéndose el labio inferior en aquél gesto que tanto me gustaba. No pude evitar besarla de nuevo, mientras la tumbaba sobre la colcha azul, con mis manos sobre su piel desnuda.
Paré de besarla un momento, para mirarla. Con los labios entreabiertos, recorrí su cuerpo con la mirada, notando el bulto en mis pantalones crecer y crecer.
Julia Finch era terriblemente bella. Ahí estaba, debajo mío, tumbada.
Su piel, blanca como el marfil, era suave e impoluta, casi como la de una niña. Toda ella era fina y delicada, y carecía de las voluptuosas curvas que tanto les gustaban a mis compañeros. Su estomago era plano como una plancha, y sus caderas, finas y huesudas. Un pequeño sujetador de color crema cubría la parte superior de su cuerpo, pero aún así podía apreciar sus pechos como merengues, firmes y tersos, que apuntaban hacía arriba. La tela de su sujetador dejaba entrever sus pezones erectos, poniéndome a cien. Tenía un cuerpo delicioso.
- Eres preciosa, Julia.- le dije, clavando mis ojos marrones, comunes, en los suyos grises, increíbles. Ella sonrió ligeramente, sus manos sobre mis hombros, y se mordió el labio inferior. Su pelo del color del fuego formaba una aureola alrededor de su cara.
Aún mirándola a los ojos, tragué saliva. Debía continuar?
- Estás... Estás segura?
- Al cien por cien, lo prometo.
Entonces fue ella la que se incorporó y presionó sus labios contra las míos, tumbándome sobre ella. Temí aplastarla, pero a ella no parecía preocuparle; había atado sus largas y delgadas piernas alrededor de mi cintura, y tiraba de mi hacía abajo.
Sin pensármelo dos veces, y con mis labios aún sobre los suyos, planté mis manos sobre sus pechos turgentes. Cabían en mis palmas a la perfección, como si estuviesen hechos solo para mi. Los masajee a través del sujetador, dejándome guiar por mi instinto. Presionaba a la vez que movía las manos en gestos circulares, mientras que Julia, con los ojos cerrados, gemía dentro de mi boca.
Quise desabrocharle el sujetador, pero me costó abrir el cierre. Ella me ayudó, con una sonrisa divertida, y me deshice de la blanca prendA. Se me cortó la respiración al ver sus dos suaves pechos desnudos, coronados pequeños pezones rosas. Casi con hambre, deslicé mi boca hacía el pezón derecho, chupándolo con avidez. Notaba el pequeño pezón erecto contra mi lengua, mientras que masajeaba el otro con mis dedos. Las manos de la chica estaban enrolladas entre mis rizos rubios, y de su boca escapaban pequeños gemidos de placer. Mamé de su pecho, como un bebé, durante unos momentos. No recordaba haber sentido nada igual, y la sensación era increíble. Cada vez quería mas y mas.
El bulto en mis vaqueros amenazaba con estallar; o al menos, eso creía yo. Mis labios cobraban vida contra su piel.
JULIA
No podía creer lo que sentía. Oleadas de placer recorrían mi columna vertebral cada vez que Jake movía los labios, alrededor de uno de mis pezones, o pellizcaba el otro entre sus dedos callosos. Su cuerpo estaba caliente; mis piernas, enrolladas alrededor de su atlético abdomen, sentían el calor que emanaba de su piel.
Enterré los dedos en sus rizos, echando la cabeza hacía atrás sobre la blanca almohada.
Jake levantó la cabeza, mirándome durante un instante, antes de volver a chocar sus labios contra los míos, con una pasión que no creí merecer. Tenía las mejillas rojas y el pelo despeinado. Lo apreté contra mi, y me froté contra el gran bulto en sus pantalones. No sabía lo que pasaría, lo que sentiría, pero lo quería ya. Él, con los labios entreabiertos, dirigió una de sus manos gigantescas hacía mis bragas de puntos, de algodón. Me puse tensa por un instante; podía notar la tela mojada contra mi sexo, pegada. Jake me miró un instante antes de continuar, y yo pestañee, suspirando, a la vez que notaba los dedos de el deslizarse por debajo de la tela. Noté como recorrían mi piel, depilada (Menos mal!), en una suave caricia. Gemí, sin poder evitarlo, algo que sin duda Jake tomó como una señal para continuar.
-Estás tan mojadita...
Sus dedos rozaron mis labios, y deslizó uno de ellos hacía arriba, a todas luces en guisa de explorador. El cuanto su dedo hizo contacto con mi clítoris, gemí, cerrando los ojos. Otro dedo siguió al primero, esta vez, con mas decisión. En círculos, los movía, haciéndome cosquillas. Arqueé la espalda, mientras que sus dedos se metían hasta el fondo. De pronto, paró, al toparse con la pequeña pared que denotaba mi virginidad. Sacó los dedos, mojados, y sonrió con nerviosismo. Se incorporó sobre mi, jadeando.
- Tienes.. Eh, condones?
Me sonrojé ligeramente. Condones!
- ¿Me tomarías por una chica fácil si te dijese que tengo dos?
Jake soltó una pequeña carcajada.
- Bueno, está claro que me he puesto celoso. ¿De donde los sacaste?
Me incorporé sobre la mesilla a la vez que decía, mientras abría el cajón. -Oh, ya sabes. Siempre hay que estar preparada.
Ni de broma le iba a decir que me los había regalado mi amiga Wendy, por mi cumpleaños hacía dos meses, a modo de broma. Sostuve el paquetito plateado entre los dedos, abriéndolo despacio e intentando no romperlo.
El chico tragó saliva y se quitó los vaqueros, quedando solo con unos austeros boxer a cuadros. Vacilé, por un momento; el bulto entre sus piernas era mas grande de lo que había visto jamás, en películas o en chicos que nunca habían conseguido llegar demasiado lejos. Aunque, pensándolo bien, Jake era un gigante, de metro ochenta y ocho.
El pasó una mano por mi pelo, mirándome con ternura, y me atrajo hacia si. Con un suspiro, besé sus labios de nuevo, deslizando mis manos por su espalda. Sin vacilar, está vez, bajé sus calzoncillos. No pude evitar mirar hacía abajo.
Su miembro era largo y grueso, más de lo que había imaginado.
- Santa madre de...
- Lo, eh, lo siento.- esbozó una pequeña sonrisa, sin duda una parte de él se enorgullecía de si mismo. Chicos.
Con manos de experta, espero, desenrollé el condón y se lo puse. Me costó un momento, pero lo conseguí.
Acaricié su miembro; una mata de pelo castaño cubría la parte superior, y este apuntaba al cielo, en todo su esplendor y longitud.
Besándonos de nuevo, él me empujó hacía atrás en la cama, forzándome a tumbarme bajo el. Su mano, mas segura de si misma que antes, tiró de mis mojadas braguitas hacía abajo, despojándome de la única prenda que me quedaba.
Jake se situó entre mis piernas, pasando el edredón azul sobre nosotros. Sus ojos del color del chocolate se posaron sobre los míos, y pude ver en su expresión que quería hacer esto bien. Sin dejar de mirarme a los ojos, noté su punta en mi entrada; después, poco a poco, se fue haciendo paso entre mis labios carnosos. Jadee; lo notaba inmenso, gigante, pero él me besó suave y tranquilizadoramente.
- No quiero hacerte daño...
Su punta estaba ahora contra mi himen; un empujón mas y ambos dejaríamos de ser vírgenes.
Despacio, noté un pequeño pinchado de dolor, quietos los dos. Estar tan cerca, el uno del otro.
Podía verlo, podía ver que Jake estaba empleando todo su autocontrol para estar tan quieto. Tampoco dolía tanto, la verdad.
Permanecimos así, mirándonos, tan cerca como pueden estarlo dos personas.
Y entonces soltó un gruñido, y se hizo paso hasta el final. Gemí y me aferré a sus hombros, doblando las piernas. A base de golpes de cadera, comenzó aquél intenso mete -saca del que tantas veces había oído hablar. Con sus ojos aún clavados en los míos, y una mano a cada lado de mi cara, Jake comenzó a mover la cadera de arriba abajo, a un ritmo determinado. Cada vez que empujaba hacía dentro, un intenso golpe de placer recorría mi columna vertebral, y la mayoría de veces era incapaz de retener mis gemidos. El chico también gemía y gruñía, en voz baja. A ambos nos faltaba la respiración, y nos movíamos a la vez, extrañamente coordinados. Me aferré a la barra de la cama; tenía miedo de salir disparada.
Y gemí, gemí su nombre, y le pedí que no parase, que siguiese. No quería parar nunca.
Los hombros y la frente de Jake estaban cubiertos de sudor; sus dientes apretados.
Arqueé la espalda, aún agarrada a los postes. Sentía como si todo diese vueltas, y lo único en lo que podía pensar era en aquél chico que tan bien conocía, de diecinueve años y rubios rizos, de preciosos ojos marrones y de risa celestial, y en su piel contra la mía; él, dentro de mi, chocando contra mis carnosas paredes.
Estuvimos así un rato; cada segundo que pasaba era rico en sensaciones, demasiado corto. Habría deseado que aquello jamás terminase.
Entonces, entre jadeos, distinguí su voz.
- Julia... Ya...Ya llego...
Y exhaló un suspiro, echando la cabeza hacia atrás. Sus músculos, tensos, se relajaron de golpe: sentí su miembro flácido entre mis piernas, y suspiré, cerrando los ojos. Un torbellino de sensaciones me llenaba, el placer mas inmenso del mundo.
Cayó pesadamente a mi lado. Sobre la mesita de noche, atado con un nudo, descansaba el condón ya usado, lleno de un líquido blanquecino.
Él me atrajo hacia si, besando mi frente. Estaba aún jadeando, sudando, y yo enterré mi cara en el hueco de su cuello: mi lugar favorito. Aspiré, quería que fuese todo mío.
Los brazos de él me estrecharon, grandes y fuertes, y yo puse mis manos sobre su pecho aún cálido.
Era Jake, era mío. Jake, el chico tan grande, cuya sonrisa iluminaba sonrisas oscuras. Que hacía bromas malas y se disculpaba, y que acariciaba a los perros por la calle. El chico que hacía que mis piernas temblasen cuando, aquellos primeros día, pronunciaba mi nombre con su voz grave y bien modulada.
Era valiente y listo, y sabía escuchar. Podíamos hablar durante horas, y yo absorbía cada palabra que salía de sus labios, fascinada. Estaba enamorada de Jacob Logan, y ya no había vuelta atrás.
- Julia- su voz sonaba ronca y tranquila, como el ronroneo de un gato- te quiero.
JAKE
Noté su sonrisa contra mi hombro en el momento en el que las palabras cruzaron mis labios.
Frotó su nariz contra mi piel antes de responder, con su suave voz:
- Yo también, Jacob. Yo también.
Y aquellas palabritas, que pronto de perderían en la noche otoñal, me hicieron olvidar que en menos de veinticuatro horas me iría, tal vez para siempre.

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